Jugar a perderse en Letonia.
Son cincuenta kilómetros de playa sobre el mar báltico. Infinitos árboles e infinitos laberintos. Mitologicamente éste mar fue habitado por el kraken, o alguna historia fantástica así mencionan los letones y letonas, en un idioma que parece, al menos en lo fonológico, venerar al ruso y detestar el inglés. Cuestiones geográficas en las que no profundizaremos.
La noticia que volvió popular al país, se trasmitió en cada televisión del planeta el catorce de noviembre del dos mil veintitrés. Cuatro letonas y cuatro letones no aparecían hace seis días después de haber ingresado al laberinto de Asterion sin mapa y con provisiones para dos jornadas. Típico actuar de turista egocéntrico, pero no era el caso, se trataba de ciudadanos oriundos del lugar que conocían la zona, de tal manera que podían disponerse a caminarla con los ojos ciegos.
El mundo estuvo en velo esa semana. El resto de los ciudadanos del planeta tierra pasaban a ubicar en sus mapas mentales a un pequeño país, rey de los laberintos.
Los paseos comenzaron a promocionarse una semana después con las fotografías de las cuatro ciudadanas como gráfica central. Eran rubias, bonitas, hegemonicas y eso era lo relevante. En cuanto a los varones, solo bastó nombrarlos una vez para que nadie más preguntara. No eran agraciados en rasgos físicos.
Vuelos empezaron a ocupar agendas. Tuvieron que cuadriplicarlos. Se comenzó a instalar en el cotidiano el menú distintivo de Letonia: la carcaza de caracol hervido. La vestimenta tradicional: capelina de bebés (usada en mayores). El estilo Letonio era un híbrido entró lo bielorruso y lo postmoderno vintage que resurgia con fuerza en el mundo de la moda. Aunque con semblante aislado, Letonia brillaba en el mapamundi, su presencia era notada y de la fama nadie sale ileso.
Pacíficamente, quienes llegaban al lugar dedicaban sus primeros días de estadía a recorrer los prados, los puertos, los bosques y al día cuatro: se internaban en el laberinto. Sin mapa. Sin provisiones. Jugar a perderse se volvía de vez en vez un deporte extremo.
La mitad de la clase alta que tuvo el privilegio de conocer y jugarlo, jamás volvió a aparecer. Los letones votaron la ley de silencio en el dos mil treinta. Nunca más se comentaron los sucesos extraños de la costa baltica. Murmuros divagando por el imaginario colectivo; la ley añeja se olvidó; los hechos son inconclusos, por lo tanto cuestionable su veracidad; letones y letonas emigraron a otros países de la unión europea sin excusa clara (hasta sin trabajo, algunos); el mito tomó fuerza y hoy se estudia en las clases de literatura post pandémica de todos las escuelas digitales existentes; algunos lo consideran una historia del género épico, otros puramente mitología, algún arresgado ciencia ficción, más nadie puede definir con éxito de qué se habla, sus orígenes de la novela no ficcional están revestidos con telas de arañas y nadie se arriesga tocar cuando el peso de la ley (se murmura) que es la condena al laberinto.